miércoles, 16 de septiembre de 2009

El día en que nací…




Nací un viernes, 30 de mayo de 1985, a las 5:39 de la mañana.

Llegué sola, la sensación de soledad era tremenda. Juro que pocas veces me he sentido tan sola como aquella vez. ¿Cómo lo sé? He aprendido a meditar en una época reciente de mi vida, y es que a veces sentía que al cerrar los ojos, me iba como por un túnel y seguía un largo camino, pero nunca llegaba a algún lugar.

Un día, me acosté en mi cama, cerré los ojos y vi una luz al final de un gran túnel. Decidí quedarme despierta con los ojos aún cerrados, y seguir esa luz para ver qué más veía. En eso, tuve una sensación extraña, como de estar flotando. No sentía mi cuerpo, me sentía realmente como en un lugar remoto de la galaxia, flotando sin que la fuerza de la gravedad estuviera presente.

De pronto, me hice la pregunta del millón: ya que estoy en un estado de meditación, sin espacio ni tiempo, quiero recordar el día en que nací. Empecé a ver una luz blanca muy intensa, que nublaba mi vista, escuchaba voces, pero no veía quiénes eran. Me sentía incómoda, esa incomodidad era la soledad.

Cuando nacemos, no conocemos a papá ni a mamá, son dos seres completamente extraños. Eso sentí en ese momento… Empecé de pronto a escuchar un suave llanto, como el de un bebé que sin despegar sus labios, emite un delicado gemido, y yo realmente me encontraba sola en mi cuarto, así que me sorprendió el llanto, pero pocos segundos después caí en la cuenta de que era yo, a mis cero años, cero meses, cero días de vida, llorando porque había salido del vientre de mi madre.

Estaba incómoda, no conocía a nadie y no sabía siquiera lo que era la vida, o la compañía de alguien. Pero el hecho de sentir ese frío escalofrío en mi ser, de no saber qué hacía ahí, por qué estaba ahí, y no saber lo que era recibir cariño aún, me afectó y como reclamo a la vida, empecé a llorar de la forma en que describí.

Habiendo reaccionado en que estaba reviviendo el día en que nací, quise seguir viendo más escenas, pero la imagen en mi mente era difusa, así que asustada decidí regresar a la normalidad, al tiempo actual, a sentir mi cuerpo material nuevamente, y tras una sensación de samaquearme, volví a mi realidad, abrí los ojos y quedé asombrada por lo que había ocurrido.

Ya con los ojos abiertos, y en total estado de relajación, comencé a darme cuenta, de que el amor que nos dan nuestros padres, es aprendido, creo que con el primer abrazo, que nos dan, con sus primeras palabras con ternura, nos enseñan que son nuestros padres y que no se separarán de nosotros, y que respaldan nuestras vidas. Es así que crecemos con un sentimiento de confianza, con nuestro corazón fuerte porque aunque no seamos conscientes de niños, nos sentimos amados. Y así, desaparece ese sentimiento de soledad que sentimos en los primeros minutos de nacidos.


Inés Guzmán Rospigliosi

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