jueves, 17 de septiembre de 2009

Mi plato favorito


Mi plato favorito… no tengo. Todos los platos son iguales en mi casa: de vidrio, la misma medida, la misma forma, así que elegir uno preferido sería absurdo como elegir cuál de dos gemelos es más guapo, si son iguales.

Mi comida favorita… ese es otro tema. Casi todas las personas que me conocen saben cuál es mi comida favorita. Suelo nombrarla en mis conversaciones, sobretodo cuando siento hambre: la causa.

Existen muchas formas de prepararla, variando el relleno y hasta el tipo de papa. A mí me da igual el relleno. Yo adoro la causa y si no tiene relleno mejor para mí. Es tan gratificante sentir su sabor, que hasta el día más desagradable es más llevadero si tengo el placer de comer causa.

No sé exactamente cuándo fue el día que comí causa por primera vez. Pero me recuerdo a los tres años comiéndola. Yo no comía casi ninguna comida. Mis padres sufrían porque yo no quería comer, pero el día que había causa yo comía con ganas. Y en la noche repetía. Sólo un día me negué a comer causa cuando tenía 4 ó 5 años, porque estaba enfadada con mi mamá y sabía que le dolería que no comiera mi comida favorita en protesta a que me había resondrado por algo que yo consideré injusto.

En los paseos familiares, mi mamá siempre tenía un táper con bolitas de causa. En la lonchera algunas veces también llevé al nido bolitas de causa. Cuando fue el cumpleaños de mi mejor amiga en cuarto grado de primaria, su mamá preparó bolitas de causa que puso en pirotines y me invitó a la fiesta diciéndome que las prepararía especialmente para mí.

Cuando cumplí ocho años, mi madre me preguntó de qué sabor quería la torta, y le pedí torta de causa. ¿De causa? Dudó. ¡Sí, de causa!, y me dijo “pero la gente normal va a querer torta normal, dulce, al menos serviremos ensaladas para acompañar la causa porque a ti no te gusta la causa con relleno, si no, pondremos aparte otra torta dulce para la gente normal”, enfatizó. Y así fue, me cantaron feliz cumpleaños en mi torta de causa.

Al año siguiente se repitió la historia. Creí que esto sería tradición en mis onomásticos, pero los siguientes años esta idea caducó. El año pasado pedí que me hicieran torta de causa y me dieron el gusto, claro que las velas las pusieron en la torta dulce.

Dos o tres veces por semana mi madre suele preguntarme: “qué quieres comer, qué te preparo”, a lo que yo respondo “causa”. Ella dice “ah sí, verdad”. No sé para qué me pregunta si ya sabe la respuesta. Comería causa todos los días. Este año mi abuela llamó a mi casa a invitarme a almorzar ravioles pero mi madre ya me había dado el gusto de preparar mi comida favorita así que no salí de casa para celebrar humildemente mi día comiendo lo que más me gusta.

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